miércoles, 5 de abril de 2017

Patito Feo (LARGO)

De Hans Christian Andersen







¡Qué lindos eran los días de verano! ¡Qué agradable resultaba pasear por el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Sí, era realmente encantador estar en el campo.






Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla.

Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. “¡Pip, pip!”, decían los patitos conforme iban asomando sus cabezas a través del cascarón.

-¡Cuac, cuac! -dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. La mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.


-¡Oh, qué grande es el mundo! -dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.


-¿Creen acaso que esto es el mundo entero? -preguntó la pata-. Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos -agregó, levantándose del nido-. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo.

Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.

-¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? -preguntó una pata vieja que venía de visita.

-Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… -dijo la pata echada-. No hay forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?

-Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper -dijo la anciana-. Te apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me servía… Pero, vamos a ver ese huevo…

-Creo que me quedaré sobre él un ratito aún -dijo la pata-. He estado tanto tiempo aquí sentada, que un poco más no me hará daño.

-Como quieras -dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.




Por fin se rompió el huevo. “¡Pip, pip!”, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:

-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sin embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos.





Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al agua.

-¡Cuac, cuac! -llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros.

-No es un pavo, por cierto -dijo la pata-. Fíjense en la elegancia con que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muy abiertos, por si viene el gato.

Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dos familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue a parar al estómago del gato.

-¡Vean! ¡Así anda el mundo! -dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ella la entusiasmaban las cabezas de anguila-. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!

Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y exclamaron en alta voz:

-¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.

Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.

-¡Déjenlo tranquilo! -dijo la mamá-. No le está haciendo daño a nadie.

-Sí, pero es tan desgarbado y extraño -dijo el que lo había picoteado-, que no quedará más remedio que despachurrarlo.

-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! -dijo la vieja pata de la cinta roja-. Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudieras hacerlo de nuevo.


-Eso ni pensarlo, señora -dijo la mamá de los patitos-. No es hermoso, pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros.

Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas.

-De todos modos, es macho y no importa tanto -añadió-, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida.

-Estos otros patitos son encantadores -dijo la vieja pata-. Quiero que se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila, pueden traérmela sin pena.

Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.

-¡Qué feo es! -decían.

Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral.


Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decían:


-¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!


Hasta su misma mamá deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las aves le asestó un puntapié.


Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo saltó por encima de la cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los aires.


“¡Es porque soy tan feo!” pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.


A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo compañero.


-¿Y tú qué cosa eres? -le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía.


-¡Eres más feo que un espantapájaros! -dijeron los patos salvajes-. Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.


¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.


Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho que habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.




-Mira, muchacho -comenzaron diciéndole-, eres tan feo que nos caes simpático. ¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitas salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la oportunidad de tu vida, feo y todo como eres.




-¡Bang, bang! -se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansos cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevos disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo que menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradores rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árboles que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuro boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.

Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándose aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!

El patito dio un suspiro de alivio.

-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme -se dijo. Y se tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y las descargas, una tras otra, atronaban los aires.

Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía a levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, en cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó a correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajo mantenerse sobre sus pies.



Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patito que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo.


En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba “Hijito”, sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre “Chiquitita Piernascortas”. Era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.


Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.


-Pero, ¿qué pasa? -preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había perdido-. ¡Qué suerte! -dijo-. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba.


Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: “nosotros y el mundo”, porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo , y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.


-¿Puedes poner huevos? -le preguntó.


-No.


-Pues entonces, ¡cállate!


Y el gato le preguntó:


-¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?


-No.


-Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.


Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el agua que -¡no pudo evitarlo!- fue y se lo contó a la gallina.


-¡Vamos! ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner huevos o a ronronear.


-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! -dijo el patito feo-. ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!


-Sí, muy agradable -dijo la gallina-. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?


-No me comprendes -dijo el patito.


-Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar chispas.


-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo -dijo el patito.

-Sí, vete -dijo la gallina.

Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba “¡cau, cau!”, de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.


Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las tierras cálidas.


Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!


¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.


A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo.


Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían! Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.


Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.



Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.


-¡Volaré hasta esas regias aves! -se dijo-. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.


Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.


-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!


Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.



En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. El más pequeño exclamó:


-¡Ahí va un nuevo cisne!


Y los otros niños corearon con gritos de alegría:


-¡Sí, hay un cisne nuevo!


Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:


-¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!


Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:


-Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era solo un patito feo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

A la cama

A la cama, a la cama, 
que hay que descansar. 
A la cama, a la cama, 
a roncar y a soñar. 

Entre la caída de la tarde 

y el día siguiente, 
hay una noche entera
para los niños y niñas durmientes. 

A la cama, a la cama, 
que hay que descansar. 
A la cama, a la cama, 
a roncar y a soñar. 

Los niños y las niñas
sueñan en sus camitas
con montañas de dulces
y otras cosas bonitas. 

A la cama, a la cama, 
que hay que descansar. 
A la cama, a la cama, 
con el abrazo de mamá. 

A la cama, a la cama, 

que hay que descansar. 
A la cama, a la cama
con el beso de papá. 

A la cama, a la cama, 
que hay que descansar. 
A la cama, a la cama 
y mañana a jugar más....
duerme ya.... duerme ya.....
Que te aman tus papás......

La morsa y el Marinero

La morsa Lola lloraba triste
en alra mar al verse tan sola. 
La morsa Lola lloraba triste
al verse sola y en alta mar. 
Y el marinero la consolaba: 
no llores, Lola, no te has de ahogar. 

La morsa Lola había pescado
pero la sardina se había escapado. 
La morsa Lola había pescado
pero el pescado se le escapó. 
Y el marinero la consolaba: 
no llores, Lola, que aqui estoy. 


La morsa Lola quería nadar
pero de las olas tenia miedo. 
La morsa Lola quería nadar
pero le daban miedo las olas. 
Y el marinero la consolaba: 
no llores, Lola, que no estás sola. 




Lucía y la Puerta Verde



 Lucía vivía en una casita normal y corriente, en una calle normal y corriente de un pueblecito normal y corriente.

La casa de Lucía tenía un jardín normal y corriente, con flores normales y corrientes y un caminito normal y corriente.

Pero al fondo del jardín, había un arbol nada corriente: era un enorme roble con una puertecita verde en la parte inferior del tronco, tan pequeña que Lucía podía pasar por ella pero con dificultad.

Solo ella sabía la existencia de esa puerta, pero lo que se ocultaba en el interior...¡eso si que era un verdadero secreto!

Cada tarde, Lucía llamaba a la puerta verde con golpes flojitos. Al tercer golpecito, la puerta se abría y el patriarca de los elfos le daba la bienvenida.

---Pasa a tomar el Té, Lucía --- le decía siempre.

Dentro, un grupo de amigos muy especiales recibía a Lucía con una sonrisa.

Primero veía a Penélope y Casandra, las hadas más dulces y encantadoras del lugar.

Después se encontraba con Basilio y Lisandro, dos duendecillos traviesos que le daban la bienvenida.

Dentro del árbol también vivían los cuenta cuentos, que se sentaban durante horas con Lucía y le narraban maravillosas historias de todas partes del mundo. Y para colmo de la felicidad, el patriarca de los elfos solía hacer para Lucía riquísimos bizcochos con crema y batidos deliciosos.

El mundo oculto tras la puerta verde era maravilloso. Todos los días Lucía salía de allí muy contenta y feliz. En una ocasión, tras haberse comido unos merengues que estaban de rechupete acompañados de una taza de chocolate caliente con el patriarca de los elfos, se fue a jugar con Basilio y Lisandro.

 










Últimamente Lucía se sentía un poco triste porque pronto tendría que ir a la escuela y sólo podría visitar a sus amigos los fines de semana. Ellos la tranquilizaban con la promesa de que no la olvidarían.  Siempre que ella siguiera siendo una amiga fiel, podría visitarlos tan a menudos como pudiera o quisiera.

Ellos le decían: Lucía nosotros te queremos y nos encanta que nos visites y pases tiempo jugando con nosotos. Jamás te olvidaremos aunque tengas que ir a la escuela, después de hacer tus labores, puedes visitarnos y tomar el Té, como siempre. 

Esto tranquilizó mucho a Lucía, que se puso como unas castañuelas cuando la llevaron a ver a los cuenta cuentos, pues de todas las maravillas que se escondían tras la puerta verde, las narraciones eran lo que más le gustaba a Lucía y a los Elfos y a las Hadas.

Los cuentacuentos le hablaban de cómo habían aprendido a cantar a las ballenas y le revelaron dónde se retiraban las estrellas una vez que el sol se alzaba en el cielo.




Pasó el tiempo y Lucía tuvo que regresar a la escuela, para aprender más, para jugar más, para ver a sus otros amigos y amigas....


Gracias a las palabras de las hadas, Lucía no estuvo tan preocupada en su primer día de escuela. De todas formas, podría visitar todas las tardes a sus amigos al salir de clase....así lo hizo durante la primavera, el veranos y el otoño....

Más adelante, cuando llegó el invierno y los días fueron más cortos, sólo iba a verlos los fines de semana, deseando, eso sí, que llegaran pronto las vacaciones para ir todos los días.



Mientras, en la escuela, Lucía  se hizo amiga de una niña llamada Laura. Al principio, sólo le hablaba de su casa y de su familia, pero nunca de sus amigos especiales, esos que ella solía visitar tras la puerta verde.

Pero como ya eran amigas, Lucía le contaba a Laura de las historias que los cuentacuentos le contaban y su amiga -como es usual- comenzó a sentir mucha curiosidad por saber de dónde había oído o conocido tales historias tan asombrosas.

Laura preguntaba cada día más y a Lucía pronto le resultó difícil ocultar el secreto a su amiga. Un día, la niña se rindió y reveló el secreto de sus aventuras tras la puerta verde.

Laura se burló de ella a carcajadas!!! (jajajajajajajaja, eso no es cierto, es inaudito, no hay mundos mágicos----decía), pensaba que Lucía había inventado todo.

Lucía protesto ofendida y dijo: yo no miento, mis padres me enseñaron a no hacerlo y si te lo compartí es porque te considero mi amiga y de confianza, en la magia no hay nada imposible, hay elfos, hay hadas, está el patriarca Elfo...todo es real. 



Pero Laura seguía insistiendo: no amiga, eso es imposible, los elfos y hadas no existen, ni tampoco los duendecillos ni los árboles con puertas verdes que ocultan mundos maravillosos. 



Lucía se ofendió aun más, porque ella mentirosa no es y decidida fue a demostrarle que se equivocaba.


De camino a casa, sin embargo, a Lucía empezaron a asaltarle ciertas dudas. ¿Y si fuera verdad que ella se lo había inventado?  Pero, si sus amigos no existían, ¿cómo era posible que los conociera? 



Laura caminaba junto a Lucía, riéndose aún de ella y de su mundo imposible e inexistente. 



Laura y Lucía llegaron al final del jardín y cuando Lucía se disponía a llamar a la puerta verde, se dio cuenta de que había desaparecido. Miró de nuevo pero... ¡ni rastro de la entrada!


Laura se rió de Lucía y la llamó tonta e infantil por creer en la magia y en los cuentos de hadas y regresó a la escuela. Era tan triste la situación que Lucía decidió no acompañarla de regreso a la escuela e irse a casa.

Su mamá la vio y de tan triste que parecía, pensó que Lucía estaría enferma, la arropó tiernamente en la cama y la consoló mientras lloraba hasta que se quedó dormida.

Entonces durante su sueño, regresaron los elfos, las hadas, los duendes y los cuentacuentos, que se le acercaban y le preguntaban por qué no había ido a verlos más a  menudo. Ella les contó lo sucedido con su amiga y Casandra le dijo: Querida Lucía tú eres muy especial, en todos los sentidos para nosotros. Tú sí crees en la magia y en nosotros y por eso puedes vernos  y visitar nuestro mundo. Por el contrario, nunca nos dejamos ver por aquellas personas que no creen y se burlan de la magia, de nuestra existencia y de nuestros amigos. Si tú tienes fe en la magia y en tus amigos sinceros, nunca dejes de creer, Lucía. 



Lucía se despertó súper contenta y muy feliz, se vistió en un segundo, salió de su casa normal y corriente, siguió la vereda normal y corriente de su jardín normal y corriente hacia el extraordinario árbol... ¡y allí estaba de nuevo la puerta verde!


Como siempre lo hizo, llamó a la puerta suavemente y después del tercer golpecito, como siempre, apareció el patriarca de los Elfos, que le dijo: Querida Lucía, bienvenida.... pasa a tomar un té. 




Colorín colorado....el cuento se ha acabado..... Moraleja moraleja... siempre con fé todo es posible, la magía existe cuando con corazón puro la creas y compartes con los que más te quieren, comparte con tus padres, comparte con tus amigos, comparte con tus hermanos, porque quien comparte magia recibe amistad y amor sinceros. 




Pinocho

En una vieja carpinteria, Geppetto, un hombre ya anciano muy amable se encontraba terminando un  muñeco de madera.  Le arreglaba los ú...