En una hermosa
mañana de verano, los animales de la granja, el caballo, la vaca, las ovejas,
gallinas... esperaban ansiosos por el nacimiento de los patitos de doña Pata.
Faltaba muy poco para que los patitos rompiesen el cascarón y saliesen de los
huevos.
Dentro del
granero, doña Pata miraba contenta, como los patitos rompían el cascarón e iban
saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a todos. Estaba doña Pata tan
contenta que casi no se dió cuenta de que un huevo, el más grande de todos, aún
permanecía cerrado.
Todos, incluso
los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver cuando
se rompería. Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse e a
romperse. Primero vieron el pico, luego el cuerpo, y por las patas de un
sonriente pato, de color gris y pico oscuro.
Menuda sorpresas
se llevaron la mamá Pata y los patitos. ¡Tenían los ojos como 'platillos'! El
último pato había nacido diferente a ellos. No tenía plumas amarillas y sí
grises, y además su pico era oscuro y su tamaño era mucho más grande. La mamá
Pata llevó una gran decepción y decidió ignorar el patito por que lo veía muy
feo. Y se apartó de él.
Pobre patito, se
quedó triste y asustado, sin entender la reacción de su mamá y de sus hermanos.
No conseguía entender por qué no le querían ni por qué le habían abandonado. Se
sentió muy, pero muy mal.
El 'patito feo',
que de feo no tenía nada, empezó a darse cuenta de que allí no le querían.
Además, tenía que soportar las burlas de todos los patos, así como de todos los
animales de la granja. Así que en la mañana siguiente, muy temprano, el patito
cogió unos granitos de cereales, los puso en una bolsa y decidió irse de la
granja.
Triste y solo,
el patito se fue para seguir su camino. El invierno había llegado, y
con él la nieve y el frío, el hambre y la persecución de los cazadores para el patito
feo. Lo pasó muy mal.
Pasados unos
días, en una noche fría y solitaria, el Patito feo llegó a una granja cubierta
de nieve. Batió a la puerta del granero para pedir ayuda, abrigo y algo de
comida. El patito creía, por fin, que había encontrado una casa.
Allí, un viejo
granjero le recibió con mucha atención, le recogió, le dio de comer y beber, y
el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Por unos días, el
patito feo se había sentido feliz, muy feliz.
Pero la
felicidad del patito duró muy poco. Al cabo de algunos días, él se dio cuenta
de que el granjero que le había recebido con tanto cariño, era malo y sólo
quería engordarle para transformarlo en un segundo plato. Asustado y con mucho
miedo, el patito salió corriendo como pudo de allí.
El patito feo lo
pasó muy mal. Durante días, meses, estuvo caminando sin parar, pero sobrevivió
hasta la llegada de la primavera. Cansado, el patito, desde la orilla de un
gran lago, se puso a mirar unas aves que nadaban en el estanque, y algo le
llamó la atención. Jamás había visto unas aves tan hermosas.
De un lado del
estanque, el Patito feo admiraba las aves más bonitas que había visto en su
vida, pero en otra parte del lago, pudo ver otras aves, muy parecidas a sus
hermanos. Nadaban y volaban, y hacían un montón de ruido. El patito feo se quedó
pensativo por un rato y, como hacía mucho calor, decidió por entrar al lado
para refrescarse.
¡Y qué menuda
sorpresa se llevó el patito feo! Al entrar en el agua del lago, vió su cuerpo
reflejado en el agua y se quedó sin habla. Su cuerpo había crecido, sus plumas
ya no eran grises y se había transforma en un precioso y elegante cisne. En
este momento, el patito supo que jamás había sido feo. Él no era un pato sino
un cisne.
El patito feo,
que no era pato ni feo, se quedó muy, pero que muy contento. Tan feliz se
sentía que abrió sus enormes alas y se puso a saltar en el estanque. Se movía
como fuese un bailarín. Ya no se sentía solo ni triste.
Tan feliz y
contento, el cisne decidió unirse a los demás cisnes en el estanque. Y fue así
como recuperó su alegría y ganas de vivir. Nuestro gran y bello cisne vivió
durante años, tuvo hijos y fue un gran padre para ellos.
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