miércoles, 12 de abril de 2017

Probrecito Osito

El Osito volvió de la escuela sintiéndose muy cansado y desanimado. 

-No quiero chocolate-, le dijo a su madre la Osa. El osito se sentó muy molesto en sofá y cerró sus ojos. -Y tampoco tampooocccooooo quiero ver la Tele

-Ni siquiera te dan ánimos de tocar el tambor?!- le preguntó su Mamá Osa, con un tono algo preocupado. 

El osito negó con la cabeza. Su madre ya más preocupada, fue a buscar el termómetro y se lo colocó bajo su lengua. -Ábreme esa boca tuya y vamos a ver qué tanta calentura tienes, parece que deliras, dices cosas que no tienen mucho sentido, a ti te gusta ver tele y sobretodo, tocar el tambor....para dejar de hacer eso, es porque te sientes enfermo-, dijo la mamá Osa. 

Pasó el tiempo.... TIC TAC, TIC TAC.....

-Dios mió!!! eres un osito con fiebre...vamos, vamos a la cama ya, debes descansar y tomar tus medicinas para la fiebre-, dijo la mamá Osa. 

Al día siguiente, el Osito estaba todo cubierto de manchas rojas. -Manchas en mi pancita, manchas en mis manitas, manchasen mi carita.....Mamaaaa!!!! mírame, mírame....- exclamó el osito a su Mamá. 

Mamá Osa, se sorprendió (Dios mío...tienes varicela, así no puedes ir a la escuela). 

-Yupiiii- exclamó el Osito, aunque con un poco de dolor, porque además de la comezón, le dolia la cabeza de la fiebre que le entró.... Auch, Ma... esto ya no es tan padre, me lele todo, todito, mi ser. 

-Vamo, vamos a la cama Mi Osito. No debes afanarte en querer jugar, con este malestar mejor descansar-, dijo Mamá Osa, mientras llevaba en brazos a su Osito. 

El Osito, se la pasó todoel día tumbado en la cama, rasca que rasca porque tanta roncha fea, pero muy contento porque Mamá estaba con él, atendiéndolo, mimándolo y contándole muchos cuentos, dándole mucha agua de limón y cosas ricas para comer. 

Inclusive su mamá Osa, le leyó varias historias, horneó un pastel y le compró un helado. 

Días después se fueron esas ronchas feas y rojas y el Osito muy contento se levantó y le dijo -¿Mamá puedo tocar el tambor? 

Mamá Osa se alegró tanto , tanto que presurosa fue a buscar el tambor, pues su Osito recuperado estaba y su preocupación ya no era nada. 

COLORÍN COLORADO...ESTE CUENTO SE HA ACABADO. 

Moraleja moraleja: cuando enfermo estás, más allá de no ir a la escuela, debes descansar porque cuando recuperado estés podrás seguir jugando, riendo y disfrutando al lado de tus Papás y de tus amigos y si te portas bien....hasta una comida rica puedes tener. 

miércoles, 5 de abril de 2017

Un besito lo cura todo











Rufo estaba dando volteretas por el salón. 

Luego hizo el pino sobre la alfombra y se subió de un salto al sofá. 

-Rufo ten mucho cuidado, por favor!!!- le aviso su Mamá Ruth. 

Demasiado tarde!!! oh noooo!!!!  Rufo resbaló, cayó del sofá y se dió con la cabeza en suelo. 

-Ay, auch.... ay!!!! mi cabeza!!!-, Lloriqueaba....

-Ven aquí corazón,Mi Rufo Latoso, un besito lo cura todo- Así le dijo su Mama Ruth.  Ella lo tomó entre sus brazos fuertes y amorosos y le dio un beso muy amoroso en la frente. 



Vamos, vamos!, no llores más, ve a jugar, pero ten más cuidado, por favor, ¿si?- Le dijo Mamá Ruth. 

Rufo salió a jugar al jardín y se puso a dar vueltas con el triciclo. Daba vueltas cada vez más de prisa (uiiiii......ñaaaaaammmmmm.....va ganando Rufo....el mejor en el triciclo!!!!!.... uuuuiiiiiiii) 

Mamá Ruth, escuchaba a Rufo en el jardín y le gritaba: Rufo, por favor, ten mucho cuidado Latosito. 

Demasiado tarde!!! (otra vez!!!). Rufo chocó con la carretilla del jardín, cayó del triciclo y se raspó la rodilla. 

-Ay, me arde, me duele....ouch!!!! Mi rodilla!!!, Mamá!!!!- Lloraba desconsolado. 

-Ven aquí corazón, Mi Rufo Latosito, un besito lo cura todo- Así le dijo Mamá Ruth, mientras lo abrazaba fuerte y con cariño y con ojitos de amor le dijo.... no llores, respira, ya va pasar...y le dió un besito en su rodilla. 



-¡Vamos, vamos!, vete a jugar...pero una vez más Rufo, ten mucho cuidado-  Le dijo Mamá Ruth. 

Pues bien, Rufo se levantó más tranquilo y fuerte...se fue a correr por el cesped del jardín y luego se puso a dar volteretas cuesta abajo de la colina. 

-Rueda, rueda por la praderaaaaaa, jajajajajajaja- Así decía Rufo, mientras se daba la divertida de su vida, ya nada le dolía, Mamá tenía razón..... un beso todo lo cura, con amor (mmmm mi Mamá, me quiere y hace magía). 

- Más despació, Rufo Latosillo-  Le decía Mamá Ruth mientras lo observaba jugar. 

Demasiado tarde!!! (no puede ser, otra vez!!!???),  Rufo siguió rodando sin control, hacia un rosal del jardín, donde se arañó con las espinas. 

-Ay, mis brazos, me arden, me duele....ouch!!!! Mamáaaaa!!!!-  Lloraba Rufo, desconsolado y dolorido. 

-Ven aquí, que un besito y un poco de agua y jabón lo va curar todo- Mamá Ruth le dijo, lo abrazó, le lavó sus heridas y le dio un besito en sus brazos, en su rodilla, en su frente y lo abrazó fuerte, fuerte y con mucho cariño. 

-Vamos, corazón, Mi Rufo Latosillo...ve a jugar, pero ya ten cuidado, que se me puede acabar la dotación de besos medicinales eh??!!!.... Así le dijo Mamá Ruth, mientras guiñaba un ojo y le sonreía. 

-Voy a regresar a la cocina, que tengo que hacer la comida. Así que con cuidado Latosillo de mi corazón??!!!-  Dijo Mamá Ruth mientras entraba en la casa. 

Mamá Ruth, pasó un rato de sobresaltos y angustias y pensó... necesito un descanso y me voy a preparar un té, me voy a cortar una rebanada de pastel. 

Justo cuando iba a beber el té, Rufo apareció con su patinete del diablo. 

-Rufo, mmmm, no puedes parar un sólo momento??-  Le dijo Mamá Ruth (suspirando)....de pronto pensó: de donde saca tanta energía??!!, voy a leer las noticias de periódico. 

-Pom, pom, porrró pom pom!!!!!- Rufo marchaba con su tambor, tocando y marcando el paso. Mamá Ruth suspiró una vez más. 

-Te ocurre algo Mami??-  Preguntó Rufo el Latosillo. 

-Me duele un poco la cabeza y el estómago- dijo Mamá Ruth. 

- No te preocupres Mamí, que todo se cura con un besito y un abrazo de osito Rufo...tu Latosillo. 


COLORIN COLORADO.....ESTE CUENTO SE HA ACABADO!!!

Moraleja, moralesa..... siempre juega y disfruta tu indancia, comparte con tus Padres, con tus amigos, con tus hermanos.... no dejes de jugar y disfrutar, pero hazlo con cuidado Por favor. 
Ante todo con precaución, pues hay peligros que aun no puedes calcular, haz caso a tus mayores, que te dan consejos por amor. 
Pero si algún día te duele algo, recuerda que con un beso y abrazo de mamá y de papá todo, se puede curar (el amor es magia del corazón, que nos hace fuertes ante todo). 

El Patito Feo (Corto)

De Hans Christian Andersen



En una hermosa mañana de verano, los animales de la granja, el caballo, la vaca, las ovejas, gallinas... esperaban ansiosos por el nacimiento de los patitos de doña Pata. Faltaba muy poco para que los patitos rompiesen el cascarón y saliesen de los huevos.










Dentro del granero, doña Pata miraba contenta, como los patitos rompían el cascarón e iban saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a todos. Estaba doña Pata tan contenta que casi no se dió cuenta de que un huevo, el más grande de todos, aún permanecía cerrado.













Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo, a ver cuando se rompería. Al cabo de algunos minutos, el huevo empezó a moverse e a romperse. Primero vieron el pico, luego el cuerpo, y por las patas de un sonriente pato, de color gris y pico oscuro.







Menuda sorpresas se llevaron la mamá Pata y los patitos. ¡Tenían los ojos como 'platillos'! El último pato había nacido diferente a ellos. No tenía plumas amarillas y sí grises, y además su pico era oscuro y su tamaño era mucho más grande. La mamá Pata llevó una gran decepción y decidió ignorar el patito por que lo veía muy feo. Y se apartó de él.










Pobre patito, se quedó triste y asustado, sin entender la reacción de su mamá y de sus hermanos. No conseguía entender por qué no le querían ni por qué le habían abandonado. Se sentió muy, pero muy mal.









El 'patito feo', que de feo no tenía nada, empezó a darse cuenta de que allí no le querían. Además, tenía que soportar las burlas de todos los patos, así como de todos los animales de la granja. Así que en la mañana siguiente, muy temprano, el patito cogió unos granitos de cereales, los puso en una bolsa y decidió irse de la granja.







Triste y solo, el patito se fue para seguir su camino. El invierno había llegado, y con él la nieve y el frío, el hambre y la persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy mal.











Pasados unos días, en una noche fría y solitaria, el Patito feo llegó a una granja cubierta de nieve. Batió a la puerta del granero para pedir ayuda, abrigo y algo de comida. El patito creía, por fin, que había encontrado una casa.










Allí, un viejo granjero le recibió con mucha atención, le recogió, le dio de comer y beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Por unos días, el patito feo se había sentido feliz, muy feliz.









Pero la felicidad del patito duró muy poco. Al cabo de algunos días, él se dio cuenta de que el granjero que le había recebido con tanto cariño, era malo y sólo quería engordarle para transformarlo en un segundo plato. Asustado y con mucho miedo, el patito salió corriendo como pudo de allí.







El patito feo lo pasó muy mal. Durante días, meses, estuvo caminando sin parar, pero sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Cansado, el patito, desde la orilla de un gran lago, se puso a mirar unas aves que nadaban en el estanque, y algo le llamó la atención. Jamás había visto unas aves tan hermosas.









De un lado del estanque, el Patito feo admiraba las aves más bonitas que había visto en su vida, pero en otra parte del lago, pudo ver otras aves, muy parecidas a sus hermanos. Nadaban y volaban, y hacían un montón de ruido. El patito feo se quedó pensativo por un rato y, como hacía mucho calor, decidió por entrar al lado para refrescarse.






¡Y qué menuda sorpresa se llevó el patito feo! Al entrar en el agua del lago, vió su cuerpo reflejado en el agua y se quedó sin habla. Su cuerpo había crecido, sus plumas ya no eran grises y se había transforma en un precioso y elegante cisne. En este momento, el patito supo que jamás había sido feo. Él no era un pato sino un cisne.








El patito feo, que no era pato ni feo, se quedó muy, pero que muy contento. Tan feliz se sentía que abrió sus enormes alas y se puso a saltar en el estanque. Se movía como fuese un bailarín. Ya no se sentía solo ni triste.








Tan feliz y contento, el cisne decidió unirse a los demás cisnes en el estanque. Y fue así como recuperó su alegría y ganas de vivir. Nuestro gran y bello cisne vivió durante años, tuvo hijos y fue un gran padre para ellos.

Pim - Pom









Pim-Pom es un muñeco
muy guapo y de cartón.

Le lavo la carita
con agua y con jabón. 

Le desenredo el pelo
con peine de marfíl
y, aunque le de tirones, 
no llora ni hace así.

Pim-Pom dame la mano
con un fuerte apretón, 
que quiero ser tu amigo
Pim-Pom, Pim-Pom, Pim-Pom. 

Pim-Pom es un muñeco
muy guapo y de cartón. 

Le pongo pantalones
y camisola azul, 
le calzo los zapatos 
y anudo su cordel, 
estamos listos, listos
para jugar Pim-Pom.

Le doy una manita
le digo buenos días
y cuando sea de noche
lo llevo a mi camita. 

Pim-Pon es un muñeco 
muy guapo y de cartón. 
le abrazo fuerte, fuerte
pues amigos somos
él y yo.

Mi niño










Arroró, mi niño (a), 
que te canto yo

Arroró, mi niño (a), 
que ya se durmió. 

Arroró, mi nene (a), 
arroró, mi sol, 
duérmete, pedazo
de mi corazón. 

Este (a)  lindo (a)  niño (a)
no quiere dormir
porque no le traen 
la flor del jardín. 

Duérmete, mi niño (a), 
duérmete, mi alma, 
duérmete, mi amor, 
duerme, mi sol. 

Arroró, mi niño (a), 
que te canto yo. 

Arroró, mi niño, 
que ya se durmió. 


Patito Feo (LARGO)

De Hans Christian Andersen







¡Qué lindos eran los días de verano! ¡Qué agradable resultaba pasear por el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Sí, era realmente encantador estar en el campo.






Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla.

Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. “¡Pip, pip!”, decían los patitos conforme iban asomando sus cabezas a través del cascarón.

-¡Cuac, cuac! -dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. La mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.


-¡Oh, qué grande es el mundo! -dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.


-¿Creen acaso que esto es el mundo entero? -preguntó la pata-. Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos -agregó, levantándose del nido-. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo.

Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.

-¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? -preguntó una pata vieja que venía de visita.

-Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… -dijo la pata echada-. No hay forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?

-Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper -dijo la anciana-. Te apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me servía… Pero, vamos a ver ese huevo…

-Creo que me quedaré sobre él un ratito aún -dijo la pata-. He estado tanto tiempo aquí sentada, que un poco más no me hará daño.

-Como quieras -dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.




Por fin se rompió el huevo. “¡Pip, pip!”, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:

-¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sin embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos.





Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al agua.

-¡Cuac, cuac! -llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros.

-No es un pavo, por cierto -dijo la pata-. Fíjense en la elegancia con que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muy abiertos, por si viene el gato.

Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dos familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue a parar al estómago del gato.

-¡Vean! ¡Así anda el mundo! -dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ella la entusiasmaban las cabezas de anguila-. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!

Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y exclamaron en alta voz:

-¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.

Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.

-¡Déjenlo tranquilo! -dijo la mamá-. No le está haciendo daño a nadie.

-Sí, pero es tan desgarbado y extraño -dijo el que lo había picoteado-, que no quedará más remedio que despachurrarlo.

-¡Qué lindos niños tienes, muchacha! -dijo la vieja pata de la cinta roja-. Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudieras hacerlo de nuevo.


-Eso ni pensarlo, señora -dijo la mamá de los patitos-. No es hermoso, pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros.

Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas.

-De todos modos, es macho y no importa tanto -añadió-, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida.

-Estos otros patitos son encantadores -dijo la vieja pata-. Quiero que se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila, pueden traérmela sin pena.

Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.

-¡Qué feo es! -decían.

Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral.


Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decían:


-¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!


Hasta su misma mamá deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las aves le asestó un puntapié.


Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo saltó por encima de la cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por los aires.


“¡Es porque soy tan feo!” pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.


A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevo compañero.


-¿Y tú qué cosa eres? -le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía.


-¡Eres más feo que un espantapájaros! -dijeron los patos salvajes-. Pero eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.


¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.


Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho que habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.




-Mira, muchacho -comenzaron diciéndole-, eres tan feo que nos caes simpático. ¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitas salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la oportunidad de tu vida, feo y todo como eres.




-¡Bang, bang! -se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansos cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevos disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo que menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradores rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árboles que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuro boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.

Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándose aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!

El patito dio un suspiro de alivio.

-Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme -se dijo. Y se tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y las descargas, una tras otra, atronaban los aires.

Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía a levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, en cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó a correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajo mantenerse sobre sus pies.



Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patito que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo.


En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba “Hijito”, sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre “Chiquitita Piernascortas”. Era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.


Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.


-Pero, ¿qué pasa? -preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se había perdido-. ¡Qué suerte! -dijo-. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba.


Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: “nosotros y el mundo”, porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo , y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.


-¿Puedes poner huevos? -le preguntó.


-No.


-Pues entonces, ¡cállate!


Y el gato le preguntó:


-¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?


-No.


-Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.


Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el agua que -¡no pudo evitarlo!- fue y se lo contó a la gallina.


-¡Vamos! ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Bien se ve que no tienes nada que hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a poner huevos o a ronronear.


-¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! -dijo el patito feo-. ¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!


-Sí, muy agradable -dijo la gallina-. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?


-No me comprendes -dijo el patito.


-Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echar chispas.


-Creo que me voy a recorrer el ancho mundo -dijo el patito.

-Sí, vete -dijo la gallina.

Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser viviente quería tratarse con él por lo feo que era.

Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba “¡cau, cau!”, de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.


Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las tierras cálidas.


Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!


¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.


A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo.


Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían! Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.


Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosa primavera.



Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.


-¡Volaré hasta esas regias aves! -se dijo-. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.


Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.


-¡Sí, mátenme, mátenme! -gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!


Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.



En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. El más pequeño exclamó:


-¡Ahí va un nuevo cisne!


Y los otros niños corearon con gritos de alegría:


-¡Sí, hay un cisne nuevo!


Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:


-¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!


Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:


-Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era solo un patito feo.

Pinocho

En una vieja carpinteria, Geppetto, un hombre ya anciano muy amable se encontraba terminando un  muñeco de madera.  Le arreglaba los ú...